Orfandad y Femicidios. Crónicas de asistencia a niñes en Emergencia en Violencia

La sangre lo devora todo.
Los fragmentos se dispersan incansablemente.
Los gritos, inundan los oídos.
El fuego, cruje las entrañas.
Sus ojos lo dicen todo…su pensamiento se escapa.
Travesía del horror.
Fotos que buscan colmar los vacíos.
Sueños imposibles de recobrar.
Recuerdos inalcanzables.
Finales, sin palabras.

Por Sofía Sosa*

Esta reflexión convoca a pensar el acompañamiento de hijas, hijos y familiares de víctimas de femicidio desde la experiencia concreta llevada adelante en la Villa 31 de la Ciudad de Buenos Aires desde un grupo de profesionales de la salud mental.

Al asistir frente a la emergencia, que inunda nuestros marcos teóricos y nuestras herramientas, nos convoca a repensarnos, pero sobre todo, al hacer. Primeramente, acudiendo a lxs amigxs y colegas, a los grupos de referencia, es allí donde encontramos contención al entender que el trabajo con hijxs y familiares, frente a la pérdida de su madre por femicidio, es lo que emerge en nuestro trabajo, ligado al dolor que nos produce el sufrimiento de lxs niñxs. Cuando el femicidio es perpetrado por el propio padre de estos o quien ocupara ese lugar hasta el momento, se vuelve aún más doloroso.

La familia materna, quien suele resguardar a lxs niñxs, sobreviviendo al dolor y buscando contenerlos se pregunta: ¿Qué decirles? Desde allí somos convocadxs. Pero sigamos pensando las diversas condiciones que configuran la demanda. Cuando la mujer vive en una villa, cuando el sistema de salud está colapsado, cuando quienes se solidarizan, además, son las organizaciones barriales, los comedores, la copa de leche, es allí donde actuamos.

Judith Butler nos convoca a preguntarnos por las vidas y los cuerpos que importan. En nuestra actualidad,  y frente a la intensa lucha contra el racismo, esta pregunta resuena en el mundo. Un mundo fragmentado, que se presentaba como imagen ilusoria de unidad ante nuestros ojos, pero que la situación de pandemia puso al desnudo, evidenciando la profunda desigualdad en la que vivimos. Ilusoria igualdad que otrora se imponía como natural e incuestionable. En la actualidad nos preguntamos si hay vidas que no se lloran, si hay cuerpos que se descartan.

Tanto las muertes por la pandemia, así como la disputa por la vacuna, abrieron interrogantes acerca del acceso igualitario a la misma, no solo de las naciones sino también al interior de estas. Los sin Tierra, sin Techo y sin Trabajo, precedieron a este debate, como antesala al horror. El abuso sexual hacia niñas y jóvenes, la venta de los cuerpos, los femicidios, las muertes por abortos clandestinos, pusieron en escena el lugar de las mujeres y niñas en nuestra sociedad.

Orfandad y femicidios nos muestran las marcas singulares que deja el femicidio en niñas y niños. Huellas que el orden social patriarcal imprime y articula en el psiquismo en constitución y cuyo entramado dará cuenta de las particulares relaciones entre el contexto y la subjetividad. De esta forma, los valores, ideales, enunciados identificatorios, mandatos culturales y sociales producen subjetividad. Pero cuando estos se hacen carne y muestran al desnudo los procesos de deshumanización y desubjetivación, desmantelando al sujeto, nos encontramos frente al horror y lo innombrable: orfandad y femicidos. El trauma se fija al sujeto, al modo de la interrupción abrupta de la cadena representacional, del sentido. Se torna imposible el pensar, confuso el sentir, la sensación es de caída inminente al vacío. Son momentos que arremeten con los logros y constitución de la autonomía psíquica y ubican al sujeto en la indefensión e inermidad. Me quedé huérfana de hija, decía una madre ante la pérdida, por femicidio, de su joven hija.

Femicidio que pone al rojo vivo el lugar de muerte como posible destino, igualando frente a las desigualdades. Asesinato del padre de la horda, que todo lo puede, dice Freud, para inaugurar el acceso a la cultura, sobre la base de la prohibición del incesto y del parricidio. Pacto entre hermanos: No mataras. Pero ¿Qué hay de la transgresión del asesinato si de la mujer se trata? ¿Pactos que se trasgreden o normas que se imprimen en los cuerpos? La mujer disciplinada, normativizada. La mujer causa de. Desde aquí, el femicidio produce, al menos, confusión en el ordenamiento psíquico de les niñes respecto de lo prohibido y lo permitido. Produce subjetividad: “Mi papá hace lo que quiere.”

Lo ominoso de un orden social que desprotege frente a la concreción de los femicidios. Justicia patriarcal que los actúa en sus fallos ¿Acaso esto no moldea nuestro sentir, nuestras representaciones, nuestro actuar profesional cuando tantas veces escuchamos discursos psi sobre el goce que pulsa a la mujer a continuar con el varón que la golpea? Clinica del Padecimiento autoproducido, como bien señala Silvia Bleichmar respecto de la banalización del dolor. Satisfacción… ¿de quién? ¿Del analista? Tal vez la ceguera y la arbitrariedad no devenga únicamente del orden social patriarcal en el que nacemos, sino de la intensa frustración que emerge al comprobar que la teoría no alcanza y hasta es inútil, cuando del sufrimiento psíquico se trata.

Entendiendo que los femicidios dan cuenta de algo del orden social e histórico, es decir, de lo traumático de origen social y que por esto, trasciende a lo individual en su abordaje, buscamos intervenir con otros profesionales. Al interior de nuestra disciplina y en la interdisciplina. En la actualidad trabajamos en la villa 31 coordinando esfuerzos con “La Casa de las Mujeres Daiana”. El trabajo del Equipo en Emergencia se orienta a sostener el entramado solidario que se genera frente a un femicidio en la villa. Armando redes con lxs profesionales de la salud, educación y justicia que se solidarizan y actúan sosteniendo. Trabajamos en territorio: la casa de la familia, la organización barrial, en el juzgado mientras esperamos, en un café con la familia.

¿Dónde está mi mamá? ¿Cómo fue? Y ¿Quién lo hizo? Son las preguntas que dolorosamente resuenan en la familia materna que sobrevive, anticipándose en ellxs un momento temido con lxs niñxs, pero que a la vez entienden como necesario ¿Qué decirles? Es que ellxs también transitan el desgarramiento de la pérdida: imágenes irreales, imposibles de entender de odio, crueldad y ensañamiento.  

Cuando asistimos a lxs niñxs, estos nos muestran el singular modo en el que estas vivencias desbordan el psiquismo. Dibujos que se fragmentan, soles que queman, casas vacías. Flores abandonadas, bocas que devoran, animales que escapan. El día anterior a la despedida. Muñecas con vendajes que reparan. Casas que se arman, agua que lava. Reproches y culpas. Silencios, miradas y gestos, frente a nuestra mirada… ¿Qué viste? ¿Qué vivió tu pequeño cuerpo…cuando abruptamente, una vez más, debió buscar refugio sin saber bien por qué? ¿A dónde fue? ¿Hacia quién? Mi mamá llamó a la policía y él la tiro por la ventana. Estaba durmiendo y me desperté. Mi papá la tiro por la ventana. Palabras que no dejan de ser nombradas frente al primer instante de escucha, como si el psiquismo se inundara de ellas y no pudieran ser atrapadas ni significadas: ¿Qué es morir abuela? Pregunta, nuevamente, una niña varios meses después.

Las vivencias y experiencias dan cuenta de la irrupción de lo traumático en sus vidas, pero como punto desencadenante de una larga cadena de hechos ligados a la violencia vista y sufrida en carne viva. Como bien señala Susana Toporosi al analizar el sobre el Abuso Sexual Infantojuvenil en su libro. Cuerpo sufriente. Así encontramos a las niñas y niños.  Caída al vacío. “Mi mundo se rompió todo.” Para el psiquismo de lxs niñxs, en constitución, ser testigos de la violencia ejercida hacia sus madres es del orden del arrasamiento subjetivo. Pero, frente a los femicidios, los efectos de orfandad se multiplican. Se pierde a la madre y se pierde al padre. Muerte simbólica y real. Materialidad del trauma. Aquel que debía ser dador de cuidados cae en tanto tal y encarna el horror de la ejecución. Efecto ominoso.

La caída se materializa en el momento de la perdida, del femicidio de la madre, pero que ya es efecto de lo vivido, en el niñx, con anterioridad, en carne propia y hasta en carne viva. “Extraño los viejos recuerdos.” Para este niño, el pasado era un momento en el que recordar era posible. Recuerdos que aun ligaban, a pesar de la inconsistencia de las vivencias de desamparo y violencia. Pero que otorgaban cierta unificación, ilusoria, frente a la fragmentación e inminente estallido. Melancolizado recuerdo del recuerdo del que queda preso este niño, que coagula en viejos recuerdos, un pasado que era frente a un presente vacío.

Entendemos que para lxs niñxs es un camino de verdad, el que sus familias puedan decirles que su madre falleció. Es el principio de un largo camino que buscamos sostener y acompañar. Pero también lo hacemos frente al necesario camino que se abre hacia la sanción legal de los femicidios. Camino reparatorio, que posibilita, en el trabajo terapéutico con lxs niñxs y la familia, los inicios de la elaboración de lo traumático. La impunidad, dirán Kordon, Edelman, Lagos y otros, actúa como segundo estimulo  traumático. En este sentido, la acción colectiva en el barrio frente al femicidio de Daiana Colque en el año 2016 y de Liliana González, el año pasado, demostró ser el camino necesario para la restitución de un sentido colectivo. Logrando la cadena perpetua para el femicida de Daiana y la captura, extradición y a la espera del juicio del femicida de Liliana Gonzalez. Hoy, nos encontramos frente al femicidio de Florencia Galarza y la lucha de su madre porque sea reconocido por la justicia como femicidio. Así como la reparación económica por parte del Estado a lxs hijxs de Liliana, que por estar en el Paraguay, con su abuela materna, ya no serían objeto de la misma.

La asistencia en emergencia en violencia, nos convoca como profesionales de la salud,  a la lucha y transformación contra las causas que la determinan, así como la lucha contra la impunidad y hacia la construcción de un entramado solidario, donde reconocernos y aliviar el dolor con otros, es un camino posible.

Dedicado a las compas
de la especialización en Niñxs y de Niñez UBA,
sostenedoras de profesión.
A las muchas abogadas, trabajadoras sociales,
pediatras, psicólogas…que nos abren las puertas para armar red.
A Susy de “La Casa” que no deja de poner el cuerpo.
A Marta que abrió un camino.
A Lucy, en la lucha que continúa.
A Raquel, en su dolor compartido.

*Sofia Sosa es Psicóloga (UBA). Docente de la Facultad de Psicología de la UBA -Niñez (Clerici). Equipo Interdisciplinario en Emergencia en Violencia -Villa 31 CABA.

FOTO: Sebastián Pancheri

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