Poniendo estaba la gansa

Por Matías Rodríguez Gianneo*

Finalmente, luego de tironeos internos, el Frente de Todxs presentó el proyecto de ley conocido como “Impuesto a las grandes fortunas” firmado por 15 diputados del kirchnerismo, el peronismo, los movimientos sociales y sindicales.

“Los Gobiernos deberían centrar sus esfuerzos en que los más ricos aporten más recursos fiscales que permitan luchar contra la desigualdad. Por ejemplo, si las personas más ricas pagasen un 0,5% más de impuestos sobre la riqueza, se recaudaría más dinero del necesario para escolarizar a los 262 millones de niñas y niños que actualmente no tienen acceso a una educación y para proveer servicios de atención sanitaria que salvarían la vida a 3,3 millones de personas” esta afirmación no pertenece una organización insurgente, ni a un economista marxista radical, es un extracto del informe de la ONG Oxfam.

Bertold Brecht afirmaba “que tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio”. Es tan grande la maquinaria para construir y destruir conciencias, que tenemos que convencer y argumentar dentro de los que estamos a distancias siderales de ser percibidos por este impuesto extraordinario, la justeza y necesidad de este proyecto de ley. Pero este debate no es sólo en Argentina sino que recorre el mundo producto de la crisis desatada por la pandemia.

En nuestro país, al igual que en el resto de América Latina, priman la desigualdad y la falta de justicia en materia tributaria. El porcentaje de recaudación sobre el PBI en Argentina (12,55%) y en América Latina (13,52%) está por debajo del de la Unión Europea (20,27%). Según Claudio Lozano, “el bajo porcentaje de recaudación en relación con el PBI está asociado a la escasa performance de aquellos tributos que gravan la riqueza (los patrimonios) y los ingresos. (…) Este desequilibrio se explica porque la mayor parte de lo que se recauda proviene de los trabajadores asalariados, a quienes se les retiene el impuesto al momento de cobrar su salario”1.

Es una lucha con dos aristas, por un lado, que se apruebe la ley, y por otro, luchar contra el sentido común dominante que ubica a los empresarios e inversores como los únicos productores de riqueza y fuente de oportunidades. La desigualdad ha escalado niveles realmente preocupantes, un informe de la ONU señala que el 55% de las viviendas tiene como jefe/a de hogar a un empleado/a en relación de dependencia y de los cuales el 16% es pobre. En tanto que el 22% de los hogares tiene como jefe/a a un asalariado/a no registrado/a y donde además el 43% de ellos es pobre. Por último, el 23% de los hogares presenta como jefa/e a un trabajador cuentapropista y entre éstos, el 35% se encuentra dentro de las fronteras de la pobreza.2

Tal vez, el debate público alrededor de la ley, nos ayude a discutir la naturaleza de la desigualdad, es una oportunidad no sólo económica sino también ideológica y política.

La ley un paso necesario

El proyecto “Aporte solidario y extraordinario para ayudar a morigerar los efectos de la pandemia”, conocido como impuesto a las grandes fortunas, afectaría a unas 12.000 personas con patrimonio por encima de los 200 millones de pesos. Se calcula que se recaudaría unos 3200 millones de dólares. Esta minoría de enormes recursos patrimoniales, de aprobarse la ley, tendrán que contribuir por única vez. Cabe aclarar que no está orientada hacia las empresas, por ello la medida no impacta negativamente en las empresas, sino en el bolsillo personal.3

La ley en debate propone cinco destinos a la recaudación: a) 20% para atender la emergencia en salud; b) 20% para atender necesidades de empleo y remuneraciones de micro y pequeñas empresas; c) un 20% para becas “progresar”, administradas por el Ministerio de Educación; d) un 15% para habitantes de barrios populares, más de 4 millones de personas, vía del Registro Nacional de Barrios populares, RENABAP, para salud y habitación; e) un 25% con destino en YPF para producir gas. La letra señala el uso federal de los recursos recaudados.4

La desigualdad fue planificada

A finales de la década del sesenta del siglo pasado, la Fundación Ford le ofrece la dirección del “Proyecto Marginalidad” a José Nun, quien publica el artículo “Superpoblación relativa, ejército industrial de reserva y masa marginal”, en él observó que el concepto de ejército de reserva, que proponía Marx, ya no servía para explicar a esa enorme masa de trabajadores que una vez fuera del mercado laboral, ya no eran parte de los desocupados sino pasaban a ser excluidos. El ejercito de reserva es concebido dentro de los efectos funcionales (por ser funcional a disminuir los costos laborales). La “masa marginal” puede ser disfuncional, es decir, irrelevante para el desarrollo capitalista. Se empieza a admitir que la inclusión a través del empleo formal ya no es una opción. La investigación no fue casual, estaba destinada a ver qué impacto social tendrían las medidas privatizadoras y los despidos masivos.

El gran capital estudiaba dos décadas antes lo que luego llevarían adelante a sangre y fuego con la fase neoliberal del capitalismo. Fue planificado. En esa época no se sabía, hoy la respuesta es clara, en las condiciones en que se desarrolla el capitalismo en la actualidad, ya no vuelven al mundo del trabajo, es un fenómeno estabilizado. El desempleo, el subempleo aumentó y las grandes urbes juntaron cordones de pobreza y precariedad. La desindustrialización, la dispersión de la producción y la flexibilización tuvieron como centro desarticular al sujeto que durante el siglo XX había puesto en jaque al capitalismo, no sólo en un país, sino en el mundo: la clase obrera.

Por la dinámica de la lucha de clases, por la capacidad de resistencia y creatividad, estos “excluidos” han demostrado tener una enorme capacidad de organización: nacieron los movimientos piqueteros de los noventa, que hoy conocemos como movimientos sociales o trabajadores de la economía popular, que no sólo proporcionaron subsistencia sino también una identidad y un protagonismo político de relevancia en nuestro país. Es en este momento histórico donde este fenómeno mundial, y principalmente regional, se ha estabilizado. Esto no quiere decir que sea eterno e inmodificable, es producto del sistema de poder vigente.

A quiénes vemos la historia como un proceso abierto atado a las luchas y lleno de conflictos, esta “marginalidad” puede ser transformada, y no necesariamente aceptada como inmutable o a la que solo quede adaptarse. A qué viene este debate: la desigualdad no es algo “dado” o natural a nuestras sociedades, es producto de políticas de largo aliento y que tienen que ver con el lugar que ocupa nuestra región en la dinámica de desarrollo de las potencias. Es el desarrollo del subdesarrollo, en el marco de desigualdades entre naciones y al interior de ellas.

El Ley de impuesto a las grandes fortunas tiene como objetivo atacar la creciente desigualdad en el marco de la emergencia, pero al mismo tiempo, puede ser la oportunidad para abrir un camino de debate sobre las necesarias medidas para la producción nacional de la industria y el conocimiento, la soberanía sobre nuestros recursos y la creación de empleo formal. Es decir, poner en cuestión la exclusión generada por la dependencia, el latifundio y el sistema capitalista que la sostiene.

Una batalla económica y cultural

Luego de cuatro años de macrismo el saldo fue un crecimiento exponencial de la desigualdad y el endeudamiento externo. El triunfo del Frente de Todxs se encontró inmediatamente con la pandemia. A pesar de las medidas del gobierno, los efectos socio-económicos de crecimiento de la pobreza, el desempleo y el quebranto de actividades económicas exige discutir medidas rápidas para dar vuelta está situación.

Las voces y argumentos en los medios de comunicación dominantes para darle volumen a las convocatorias del 17A, en defensa de la “propiedad” y “todos somos Vicentín”, alimentan la creación de un clima enrarecido y cada vez más polarizado. Esta última semana, las medidas del Gobierno Nacional de declarar a las Telecomunicaciones como un servicio esencial, congelando las tarifas hasta el 31 de diciembre, y la creación de la Administración Federal Hidrovía lo mostraron recuperando la iniciativa. Ambas medidas encontraron resistencia de los mismos sectores concentrados de los medios de comunicación y el agronegocio que no quieren perder sus privilegios.

Es en este contexto donde esta Ley de impuesto a las grandes fortunas se transforma en una batalla económica y cultural, que permita discutir ya no sólo la desigualdad, sino su origen y su necesaria transformación. A situaciones extraordinarias, medidas extraordinarias.

* Matías Rodríguez Gianneo es profesor de Historia (Universidad Nacional de Mar del Plata), docente de escuela secundaria y adultos, investiga la historia del movimiento obrero argentino. Co editor de Revista Lanzallamas.

1https://nuso.org/articulo/sin-impuestos-no-hay-igualdad/

2https://www.onu.org.ar/stuff/Informe-COVID-19-Argentina.pdf

3https://fortuna.perfil.com/wp-content/uploads/2020/08/0828_pryecto_ley_00.pdf

4https://juliogambina.blogspot.com/2020/08/aporte-de-grandes-fortunas-y-canje-de.html

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