Grietas latinoamericanas

Por Matías Rodríguez Gianneo*

El “giro a la derecha” en América Latina terminó de configurar una enorme fractura social, la polarización se agudiza, con un estado de correlación de fuerzas, que en ocasiones parecieran de cierto “empate”. La injerencia imperialista crece. El rumbo no es claro. Gobiernos de derecha que no se logran consolidar. Pueblos que luchan y los ponen en jaque. El triunfo de MORENA en México y el Frente de Todxs en Argentina reabrió la pregunta ¿Cuál es el rumbo de la región?


El 4 de agosto, la Central Obrera Boliviana y el Pacto de Unidad realizaron 75 bloqueos en todo el país, exigiendo el cumplimiento a la Ley que establece la realización de elecciones generales el 6 de septiembre. Desde el golpe de Estado, que desplazó al gobierno constitucional de Evo Morales y Álvaro García Linera, las fuerzas populares bolivianas organizaron la resistencia para luego pasar a la reorganización de su fuerza.

El colapso sanitario con la llegada del coronavirus profundizó la crisis política: las elecciones se postergaron por tercera vez. El autoproclamado gobierno golpista de Jeanine Añez está en el momento más débil de su corta gestión, quién respondió con militares en las calles y amenazas de proscripción al MAS.

Las declaraciones de Elon Musk1, magnate sudafricano, la quinta persona más rica del mundo, dueño de Tesla productora de autos eléctricos, jactándose de haber apoyado el golpe en Bolivia por twitter, deja en evidencia lo que muchos ya no sospechamos, sino afirmamos: el centro del problema era el litio. De nuevo aparece un producto clave, en este caso asociado a la demanda de la industria automotriz eléctrica o de dispositivos móviles.

El caso de Bolivia, expresa un empate trágico, las fuerzas de derecha que vienen a reinstalar el neoliberalismo y suprimir derechos en pos de las elites blancas, los terratenientes y los poderes económicos que miran al norte no lograr establecerse y ser sostenibles en el tiempo, las fuerzas populares resisten y se rearticulan con un enorme apoyo electoral para volver al gobierno del Estado y continuar el proceso de transformaciones interrumpido, pero con serias dificultades por un funcionamiento institucional de baja intensidad y la actuación de las fuerzas armadas durante el golpe. Si los canales democráticos-institucionales se ven alterados, las vías de confrontación extraparlamentarias irán creciendo. Los escenarios de confrontación social podrían ser más recurrentes. Son las grietas latinoamericanas. Bolivia es la expresión más brutal de la injerencia imperialista y de la polarización política, social y cultural que se vive en América Latina, ¿Cómo se definirá este empate? Luego del “giro a la derecha” del periodo 2015-2019 aparecieron síntomas de agotamiento y nuevas posibilidades. El triunfo de MORENA en México y del Frente de Todxs en Argentina, las enormes luchas en Haití, Puerto Rico, Chile, Colombia y Ecuador, amplían la pregunta ¿cuál es el rumbo de la región?

Cambios veloces en la fisionomía mundo y acumulación de experiencias

Luego de la caída del Muro de Berlín, el orden mundial se tradujo en la hegemonía norteamericana- occidental capitalista. La llamada “globalización” generó una interdependencia global. El mercado se fue convirtiendo en un dios todopoderoso, y el consumo fuente de “felicidad”. Eran los tiempos donde se vendía la American way of life (estilo de vida americano). La globalización fue el intento de homogeneizar las formas de vida y de cultura para el mercado. Al mismo tiempo, las políticas neoliberales desregularon los mercados y atacaron el Estado Bienenstar. El movimiento obrero fue objeto de una salvaje ofensiva legal y represiva, donde la periferia del mundo se hizo más pobre y endeudada. Estas políticas empezaron a tener sus límites en la lucha de los pueblos. Desde el levantamiento zapatista llegamos a principios de siglo XXI con múltiples coyunturas críticas que definieron el futuro: la Guerra del Agua en Bolivia, el Argentinazo, el fallido golpe a Chávez. La región se mostró fecunda para motorizar experiencias de cambio. El empuje era la reacción al agotamiento del neoliberalismo y sus consecuencias. Expresaba el hartazgo de décadas de exclusión política, económica y social. El discurso único pos caída del Muro de Berlín, la injerencia del FMI y Estados Unidos quedaron profundamente desacreditados, debilitando su hegemonía entendida no sólo como la proyección de fuerza sino como su capacidad de liderazgo intelectual, científico y moral. La concreción de acciones colectivas de resistencia fue dando lugar a una puja por el gobierno del Estado. Una de las estrategias que fue tomando un gran impulso fue establecerse en el gobierno y desde ahí comenzar algunas transformaciones. Así se dio una secuencia ininterrumpida de triunfos electorales: Chávez en Venezuela (1998), Lula en Brasil (2002), Kirchner en Argentina (2003), Tabaré Vázquez en Uruguay (2005), Evo Morales en Bolivia (2005), Correa en Ecuador (2006) y el triunfo de Lugo en Paraguay (2008). El punto en común de estas experiencias fue el acercamiento a las fuerzas imperialistas en ascenso: principalmente China cuyo crecimiento a altas tasas generó un viento a favor, y el alejamiento de Estados Unidos que desatendía la región con centro en sus guerras en Medio Oriente por el petróleo y la resistencia a su invasión.

La suba de precios de las materias primas agrarias, mineras y energéticas en los primeros años del siglo XXI fueron importantes, pero no explican el fenómeno político, cultural e identitario que nacía. Poniendo la mirada desde abajo, podemos ver que fueron los pueblos parte de la experiencia constitutiva en el sentido de que en las luchas previas reclamaban por mayores grados de soberanía, no sólo en materia económica sino también simbólica, recuperar el rol del estado y redistribuir las riquezas. L@s líderes y fuerzas surgidas eran heterogéneas pero lo que tenían en común es que, si no tomaban, aunque sea parcialmente, estas agendas eran devorados por el proceso histórico. No había margen abajo para volver a las experiencias neoliberales de los noventa. Quienes supieran conectar con estas tendencias podrían avanzar, logrando gran apoyo popular. En materia económica si ponían bien la vela contra el viento el barco movía.

Dentro de estas experiencias que fueron muy heterogéneas y diversas existieron algunas inclinaciones predominantes: por un lado, las agrupadas en el “Socialismo del siglo XXI” y el ALBA (Alianza Bolivariana para América), que establecieron avances en sus sistemas políticos vía reformas constitucionales, como Bolivia con el establecimiento del Estado Plurinacional, y que realizaron medidas más radicales como expropiaciones y nacionalizaciones de sus recursos. En este grupo se encuentran Venezuela y Bolivia, con el apoyo de Cuba. Por otro lado, las que podríamos llamar neodesarrollistas, más proclives a reformas graduales y flexibilidad en sus recetas económicas. Estas más ancladas en el Mercosur.

El desarrollo y auge de estas experiencias tuvo su punto más alto de integración regional con la creación la UNASUR (2008) y la CELAC (2010), que le redujo momentáneamente el peso a la OEA afín a los dictámenes de Estados Unidos.

En 2011, comienza el retroceso y declive de estas experiencias. Coincide con la caída de los precios de los commodities, que agudizan las luchas por la redistribución del ingreso y socavan el apoyo popular, partiendo las bases de apoyo. El auge participativo de principios de siglo XXI perdía fuerza y fue reemplazado por la forma gobierno. Los sujetos de las resistencias que hicieron posible cambiar el rumbo de la región encontraban límites en estas experiencias: no alcanzó con el desarrollo y el crecimiento momentáneo. Se combatió con la pobreza, pero no se cambió la matriz social y económica dependiente, latifundista y extractivista, se enfrentó a los yanquis, pero se alinearon a otros imperialismos, lo que significó una enorme fragilidad de las conquistas. Ante la crisis vino el ajuste y el rol del Estado no fue el mismo. Ante este declive, devino la fragmentación y el avance mayor de la dependencia. Quienes proponían cambios, se convirtieron en el objeto a cambiar. Parte de esta insatisfacción conectó con una derecha que en algunos casos se legitimó electoralmente y en otros vía golpes blandos. La región volvió a demostrar que generalmente se mueve junta. La derecha recobró la iniciativa y motorizaron la vuelta al neoliberalismo, el ajuste y el acercamiento a Estados Unidos. El giró fue continental: triunfo de Macri, el juicio y destitución de Dilma Rousseff, con el posterior triunfo de Bolsonaro, Piñera en Chile, Lacalle Pou en Uruguay, el golpe en Bolivia y la creciente amenaza en Venezuela. Para luego, instrumentar políticas regionales regresivas desde el Grupo Lima y la OEA. Merino-Stoessel afirman que “asistimos a un fin de ciclo político, más no a un fin de ciclo histórico, en la medida en que la disputa abierta en torno a lo postneoliberal durante el siglo XXI aún expresa un campo de lucha en plena ebullición. Los procesos políticos que giraron nuevamente hacia un proyecto neoliberal enfrentan importantes dificultades para establecer alternativas sostenibles en el tiempo”2. ¿Hacia dónde se mueve hoy? ¿Cuáles son las tendencias predominantes? ¿El año de la pandemia podrá cortar el ciclo de luchas iniciado en 2019 o volverá con mayor ímpetu?

El centro ocupa la periferia para desarrollar el centro

En 1823, el presidente norteamericano James Monroe había establecido la doctrina que llevaría su nombre, prohibiendo a cualquier Estado europeo establecer colonias en América o participar en las cuestiones americanas. Su esencia se sintetizaba así: “América para los americanos”, pero que se podía traducir así: “América para los norteamericanos”. La doctrina Monroe era una de las manifestaciones del expansionismo norteamericano, construyendo un área de influencia. Durante casi doscientos años, fue reactualizada en diversas ocasiones.

Uno de los cambios centrales para analizar la situación regional es el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos. En su búsqueda por recuperar la hegemonía mundo, es fundamental recuperarla en el continente. Rex Tillerson, quien fuera Director Ejecutivo de la megapetrolera yanqui Exxon Mobil y Secretario de Estado de Trump (2017-2018) afirmó, durante una sesión de preguntas en la sede de Universidad de Texas, que “en ocasiones nos hemos olvidado de la Doctrina Monroe y lo que significó para el hemisferio. Es tan relevante hoy como lo fue entonces”. La actualidad que le adjudica Tillerson a la Doctrina es producto del crecimiento de la influencia comercial, económica y política de China en la nuestra región, la amenaza China. El problema que recorre Estados Unidos es que sus clases dominantes, acuerdan en el que, pero no en el cómo, hay que enfrentar a China, pero en el cómo están las disputas que fracturaron por arriba a la superpotencia. Por abajo aparecen luchas enormes contra la violencia racial y contra la pauperización de enormes sectores de su población3. Su tendencia en declive es relativa en la medida que mantiene una influencia económica, política y militar en todo el mundo. La mayoría del comercio se realiza en dólares. Estados Unidos es la economía más grande del mundo y la más agresiva potencia militar. Su PIB en 2019 fue de 21 billones de dólares, con una población de unos 328 millones de personas. China tiene una población mucho mayor aproximadamente de 1.400 millones de personas, pero su PIB es menor, estimado en 14 billones de dólares4. El presupuesto militar de Estados Unidos este año lo coloca cómodo en el primer puesto con 732.000 millones de dólares, y China en segundo lugar con un gasto de 261.000 millones de dólares. Entre los dos, alcanzan el 52% de la inversión mundial5. Pero la tendencia es que China crece y Estados Unidos decrece en influencia, estamos en medio de una disputa creciente por la hegemonia mundial. China expandió sus inversiones y sus enormes empresas estatales se volvieron globales. El mundo está cambiando. Estados Unidos está viviendo una convulsión política a su interior. Hay una creciente pérdida de legitimidad de la clase dirigente y como se vio en las protestas por el asesinato de George Floyd, se potencian nuevas expresiones y organizaciones políticas que podrían marcar un horizonte a las luchas en curso. Es lo que representó el fenómeno Sanders como expresión por izquierda a la crisis norteamericana. No es Sanders sino lo que representa.

No son 30$, son 30 años

La disputa interimperialista en el continente no es un elemento más. Es la dependencia la que genera la desigualdad estructural, la primarización de la economía y la regresión industrial. Su objetivo, abrir un mercado laboral de bajo costo y empujar la superexplotación y provocar una transferencia de valor vía fuga de capitales, principalmente de las grandes rentas agrarias, mineras y energéticas, a las casas matrices y el endeudamiento externo. Los obstáculos al desarrollo no provienen de una incapacidad de los pueblos latinoamericanos, sino de la combinación de factores externos, las potencias mundiales y un factor interno, sus socios locales. Sin retener los excedentes no hay acumulación y desarrollo posible. Es un drenaje constante de recursos. ¿Cómo hacer para que esos recursos no se fuguen? Ahí radica una de las tensiones. Las posiciones gradualistas lo intentan vía regulaciones en los controles de cambio o retenciones; las posiciones más disruptivas plantean medidas más radicales como nacionalizaciones, expropiaciones o estatizaciones, el caso de Vicentín en Argentina puso este debate a flor de piel. Estas últimas requieren de la decisión de empujar el proceso político hacia adelante y preparase para confrontaciones más agudas. El combo dependencia con neoliberalismo es explosivo. Esto lo demostró Chile con la consigna que recorre las luchas: “no son 30$, son 30 años”. No se cierra el ciclo histórico por la resistencia de los sectores populares que son obstáculo para el avance y consolidación de estos planes en la región.

Sociedades fracturadas

El “giro a la derecha” terminó de configurar una enorme fractura social, se polarizan las posiciones cada vez más con un estado de correlación de fuerzas, que en ocasiones parecieran de cierto “empate”. Hay formas de ver el mundo que exceden lo político y lo económico, son también ideológicas y culturales. La crisis mundial desarrollada a partir de la pandemia deja la puerta abierta para enormes cambios que resultan difíciles de predecir. Las tensiones entre las grandes potencias aumentan. También son oportunidades para que irrumpan nuevos procesos políticos liberadores. Es la oportunidad de cuestionarlo todo. Acelerar los procesos de unidad de un movimiento popular enormemente diverso y heterogéneo es la condición necesaria para que los cuestionamientos no queden solo en eso. ¿Qué debates son sustanciales al interior de este sentido político continental? ¿Se puede enfrentar al imperialismo norteamericano y al mismo tiempo pelear por la soberanía regional? ¿Es inevitable utilizar el contrapeso chino para frenar el intervencionismo de Estados Unidos? Parecen ser preguntas importantes a responder en el futuro inmediato.

Lograr configurar a la región como un polo de poder autónomo puede fortalecer a las y los sujetos políticos necesarios para una integración regional soberana que pueda romper con toda dependencia y con la desigualdad. El escenario adverso en el mapa de gobiernos parece advertir que esta inquietud es apresurada, pero en la resistencia se configuran los escenarios futuros. El crecimiento, en las últimas décadas, de la lucha de los movimientos sociales, del movimiento feminista, anti-racial, campesino, indígena y ambiental convergiendo con la lucha de la clase obrera con una mirada regional estimula a pensar que la pregunta hacia dónde va el continente puede generar nuevas ilusiones. Lo que sí parece claro es que hay energías muy importantes para romper los límites de experiencias pasadas.

* Matías Rodríguez Gianneo es profesor de Historia (Universidad Nacional de Mar del Plata), docente de escuela secundaria y adultos, investiga la historia del movimiento obrero argentino. Co editor de Revista Lanzallamas.

Ilustración: Ana Clara Reinhadt (IG: @aclaradibuja)

1https://twitter.com/evoespueblo/status/1287064230835957762

2Merino, Gabriel Esteban / Narodowski, Patricio. Geopolítica y Economía Mundial. El ascenso de China, la era Trump y América Latina. Pág. 254

3Ver: https://revistalanzallamas.com/2020/06/20/estados-unidos-sintomas-de-algo-mas/

4 https://economicsofimperialism.blogspot.com/2020/07/china-us-power.html

5https://elpais.com/internacional/2020-04-26/el-gasto-militar-registro-antes-de-la-crisis-el-mayor-alza-en-una-decada.html

Un comentario

  • Coincido plenamente en el análisis y en la conclusión, la gran oportunidad que tiene Hispanoamerica es de pararse como SOCIO de China y no como súbdito, ante la decadencia del imperio, tomando en cuenta su riqueza natural y su patrimonio humano. La llave para lograr ese prestigio necesario para codearse como bloque con las grandes potencias futuras, a mi entender, es lograr a través de la creación de una banca Latinoamericana, un proceso de desendeudamiento sustentable y gradual, basado en la puesta en valor de sus recursos, a la industralizacion , y una economía mixta tratando de consumir local e importar solo lo necesario, manteniendo una balanza comercial superavitaria, esto nos llevará a posicionar mejor nuestras monedas y por ende nuestra calidad de vida.

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